
“Vivir del cuento”, buena expresión, ¿verdad? Eso dicen, al menos, los que se llevan largas temporadas de su vida viviendo así…pero…¿por qué esa expresión? Imagino y deduzco que será porque en los cuentos, casi todos los protagonistas, acaban felices, viven bien, sin preocupaciones, en mundos llenos de magia, de fantasía, de bienestar, de retos alcanzados, de metas logradas, de felicidad.
Me encantan los cuentos, me gusta la gente que se dedica a ello, siempre me gustaron. Me gustan los “cuentacuentos” en los café-teatro tan de moda en la actualidad. Me gustan los cuentos a niños. Suelo contar un cuento a la semana a mis niños, a veces en relación con la unidad didáctica que tratamos, otras en relación a trabajar un tema en concreto, como puede ser el desarrollo de alguna habilidad social, la educación emocional o la misma adquisición de la educación en valores, tan importante hoy en día…
Pienso que es complicado asumir la oralidad sin rostro, sin adecuación espacial, sin tener en cuenta al niño, que lo que hace es reubicar el relato contado en cada momento y lo acomoda a su percepción. Cualquiera que haya contado un cuento sabe de estos ajustes que se producen cuando el narrador, acierta con un descubrimiento imprevisto, se recrea y complace al niño, estirando lo más posible ese momento de deleite, que no necesariamente tiene que ser divertido sino más bien emocional, es lo que me gusta…
También el cambio de ritmo contado cuando las expectativas no satisfacen y se obvia o transfigura algún episodio de la materia oral. No solamente cuenta aquello que decimos sino el cómo lo decimos, sobre todo con niños, también con adultos. Esta premisa válida para todos los lenguajes cobra especial significado en el lenguaje oral. Historias maravillosas se empobrecen de pronto en la voz de un narrador inexperto y al contrario, anécdotas insignificantes producen el regocijo, acrecentadas y sostenidas por la validez del que las narra. Cuando digo inexperto no significa precisamente como falto de experiencia, sino más bien lo podéis entender cómo alguien que le pone poco énfasis, que hiperboliza en escasez.
Contar, a veces, no es cuestión de contenidos, sino introducirse en un estado de frescura, atendiendo los rostros y emociones de quienes escuchan, sabiendo el ritmo que necesita la historia, la entonación creciente o decreciente, la pausa obligada para que la historia sea debidamente asimilada, la sucesión de imágenes que nacen en el interior de cada niño y se conforman bajo la voz del narrador.
Buenas premisas, hacerla vuestras, yo las he hecho mías. Cuando hablo de contar un cuento, no es sólo a niños, también a adultos, los cuáles necesitamos de vez en cuándo sumergirnos en esos bellos mundos, para volver a la infancia, o simplemente para desarrollar la imaginación… también, a más d euno, le puede servir como salida del túnel… quién sabe…¡un abrazo bloggers!